EL CAMINO

Daniel, el Mochuelo respiró hondo antes de bajar del tren, una curiosa mezcla de emociones le rebosaba en el corazón, estaba volviendo a ese lugar, al valle que lo había criado, que lo había visto crecer, que le dio durante tanto tiempo los verdes prados, los vastos maizales o los distantes sonidos de los trenes sin esperar nada a cambio. Cuando bajó del tren por fin y no había nadie esperando, sintió una ligera decepción, pese a que no había advertido a nadie de su llegada y lo extraño hubiera sido que sí hubiera alguien allí. Por su nariz penetró un intenso olor que conocía muy bien, un olor a naturaleza, a flores, a ganado… Cuando volvió al presente, se dio cuenta de que tenía una solitaria lágrima deslizándose por la mejilla, la cual no tardó en ser apartada y eliminada por la temblorosa mano de Daniel, el Mochuelo.

Cuando llegó al pueblo se dio cuenta de que se parecía mucho a sus recuerdos y no había cambiado demasiado. Vio a Quino, el Manco ligeramente más encorvado y arrugado, quién lo miró con la expresión que en el pueblo se reservaba a extranjeros desconocidos, llevando en una pequeña carretilla unas cajas. Vio también a un grupo de cinco chicos, Daniel, el Mochuelo no los reconoció, pero al verlos paseando por el pueblo, riendo, hablando a gritos, su mente viajó a otra época, tiempo atrás, a cuando era él el que iba con Roque, el Moñigo y con Germán, el Tiñoso, a cuando eran ellos los que iban armando revuelo por el pueblo, a cuando era con ellos con los que los adultos recordaban su juventud. Sintió esta nostalgia como una mano que le agarraba el corazón con la fuerza de diez hombres, más lágrimas luchaban por salir de sus ojos y al aire le costaba pasar por la garganta.

Cuando llegó a su vieja casa abrazó a sus padres muy fuertemente, y casi sin intercambiar palabra se encerró en su antigua habitación, y se tumbó en la cama, a pensar, como tantas tardes hizo en su infancia, pero esta vez no pensó en la Mica, ni tampoco en las aventuras con sus amigos, esta vez reflexionó sobre la humanidad, sobre el progreso, un progreso que había dejado a un lado a la propia humanidad. Se había progresado construyendo grandes ciudades y grandes fábricas, pero se habían dejado a un lado las relaciones humanas que una sociedad de verdad debería tener, parecidas a las del pueblo. Lo mismo con la relación con la naturaleza. “¿Acaso se nos ha olvidado de dónde venimos de tanto mirar hacia delante? ¿Acaso nadie ha pensado que igual ganar dinero no es el clímax del progreso humano?”. Daniel, el Mochuelo en la ciudad había acabado comprendiendo que el progreso y el cambio eran algo necesario e inherente a la naturaleza del ser humano, pero aún nadie había logrado quitarle de la cabeza que no se había hecho de la manera correcta, que debía tener en cuenta al individuo como parte de la sociedad y de la naturaleza al mismo tiempo. Estas reflexiones le llenaron de rabia y de dolor, por lo que es y por lo que podría haber sido. A la mañana siguiente se despertó en la cama, vestido, sobre una almohada todavía húmeda.

Pasadas las nueve decidió dar un paseo por todos aquellos lugares de su infancia. Pasó por delante de la finca de Gerardo, el Indiano, por delante de la herrería, que estaba cerrada en ese momento y por la poza del inglés. Todos estos sitios le resultaban como era lógico extremadamente familiares, pero algo había cambiado y no era capaz de ver que era pero no estaban igual que cuando vivía allí, tanto tiempo atrás.

Decidió que había llegado el momento de visitar a un viejo conocido, a ver si encontraba a su amigo de la infancia Roque, el Moñigo. Lo encontró saliendo de su vieja casa, y se quedó mirándolo. Había cambiado, desde luego ya no era un niño, había heredado el poderoso porte de su padre, Paco, el Herrero. Roque, el Moñigo había crecido, aunque Daniel, el Mochuelo sabía que él mismo tampoco estaba libre de aquellas terribles deformaciones comúnmente llamadas “crecimiento”. Roque, el moñigo se acercó y le dio un varonil apretón de manos, y pese a que a Daniel, el Mochuelo le dio una punzada de dolor en la mano debido a la fuerza de su amigo, aquello no arruinó la alegría que le daba aquel esperado reencuentro. Roque, el Moñigo, ahora Roque, el Herrero, según le contó, le llevó a dar una vuelta por todo el pueblo, poniéndole al día de todas las novedades, dio cuenta de todos los fallecimientos, todos los nacimientos, las nuevas uniones y el resto de noticias que consideró de interés, Daniel, el Mochuelo estaba ufano, sentía que estaba dónde debía estar. En un momento dado le preguntó a Roque, el Herrero sobre su sensación de que las cosas habían cambiado, su amigo soltó una sonora carcajada, muy parecida a las que solía dar su padre y le dijo “Mochuelo, aquí lo único que ha cambiado eres tú”. Daniel, el Mochuelo volvió a lamentar que las cosas hubieran sucedido así y no de cualquier otra manera, pero miró al frente y sonrió.

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