ILUSIONES…

No te conozco, pero me has vuelto a ilusionar, aunque no sé por qué. No has hecho nada del otro mundo, nos hemos visto una vez y apenas hemos intercambiado palabras.
No te conozco, pero ya hemos estado recorriendo bosques de Euskal Herria, donde dicen que reina la madre naturaleza, que es madre de verdad. Y, si es madre, ¿por qué no abandonarnos en sus brazos? Todo es verde, de lejos veo algún ciervo; de cerca, erizos y conejos. Yo voy detrás; tú, delante. Aunque el sol me deslumbra, te veo. Te giras con media sonrisa y esa mirada desafiante que, con mucha diligencia, guardo en mi memoria para poder recordarla en mi cama todas las noches antes de irme a dormir.
No te conozco, pero ya hemos estado en Venecia y allí, mientras un gondoliere nos canta eso de «Ti amo, io solo, ti amo, in fondo un uomo che non ha freddo nel cuore, nel letto comando io» en una góndola, me dices que mire arriba, que no hay ni una nube, que está todo despejado. A ambos lados hay casas de varios colores: rosas, amarillas, azules. Seguimos un poco más hacia adelante y solo se suceden casas antiguas, como si estuvieran encantadas de lo viejas que así se ven. Hay ropa tendida y flores marchitas en cada balcón. A nuestros pies, el verdoso mar Adriático, capaz de inundar los edificios como tu querer, mi corazón. Todos nos observan con recelo, quizás más por la cara de tonto que se me queda al mirarte que por tu cara de niña mala e indolente. Pero nos observan y no pueden dejar de hacerlo porque ya te he apodado como «mi gitana, la del lunar de plata». ¡Qué más quisieran ellos que tener a su gitana como yo tengo la mía: tú!
No te conozco, pero ya estamos en mi habitación, con mis altavoces susurrándonos la sesión 13 de Bizarrap. No hay luces que nos iluminen, salvo unas led que compré pensando en ti para ambientar la habitación. Las enciendo. Quise poner el color turquesa, ya que es mi preferido, pero me paraste en seco y me dijiste que no, que querías el rojo. Ahora sí, sigue sonando Nicki Nicole en mis altavoces. Toda la habitación en rojo, rojo que inunda nuestras pieles y nos ponemos uno enfrente del otro. No sé si es la luz, pero, desde que me miras con esos ojos, que ya no son verdes sino rojos, te confundo con el mismísimo diablo porque, aunque digas que no, actúas como tal: seduciéndome hasta que haces que caiga en ti, que caiga en la tentación, que caiga en el pecado. Nos tumbamos en mi cama, sigue sonando la música aunque ya va a saltar a la siguiente sesión y pienso en lo rápido que pasa el tiempo contigo, igual de rápido que late mi pecho. Te pones encima, me fijo en tus blandos y redondos labios. Te acercas a mi cuello lentamente y empiezas a besarlo de manera rítmica y lenta. Subes a mi oído y me susurras algún que otro gemido al que mi cuerpo responde irguiendo el vello de los brazos. Spotify ha reproducido automáticamente la siguiente canción y ha salido la sesión 36, que hace que se caliente el ambiente más aún. Creo que es momento de quitarte la camiseta, esa que pone «FUCK 1312». Me encanta que seas igual de canalla que yo. Te miro embelesado y te deseo como el perro famélico los restos de comida en los contenedores de basura. Te deseo y seguimos…
No te conozco, pero ya hemos estado donde el sol viene a morir, en cualquiera de sus playas de fina arena, a cual más bella, sentados en ella tú y yo, despidiendo al sol. Las olas más altas le tapan un trocito y agradecemos el sonido que producen, que es más agradable que el que originan las pequeñas. Hace levante, pero agradezco que te despeine de la manera que solo ese viento sabe hacerlo. Mientras baja el sol, se te meten algunos granos de arena en un ojo y me pides que te sople. Ya he dicho que tienes los ojos verdes, pero, con el poco sol que queda y que te está dando directamente en ellos, parecen turquesas y me he dado cuenta de por qué me gusta tanto ese color. Te soplo. Instantes después, cuando ya se ha ido el sol, empieza a refrescar. Decidimos quedarnos un rato más, pero no mucho, ya que no nos hemos traído ninguna toalla y cada vez hace más aire. Vemos alguna que otra estrella, pero nada comparable a ti. Nos levantamos y nos vamos a la plaza de las catedrales a bebernos un vino, lugar donde ya dijo el sabio aquello de «donde el vino sabe amargo y amarga, amores inmortales». Y bien que lo amarga porque, a pesar de haber estado en miles de lugares contigo, no te conozco.
Todo se apaga, toda luz se va. Será porque no te conozco.
Ojalá nos queramos querer.

Redacción de Miguel Ángel Ojeda Valdés. Primero de bachillerato de adultos. Curso 2021-22

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